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miércoles, 14 de marzo de 2012

El hobbit, de J.R.R. Tolkien

Es probable que muchos me entiendan si digo que no es sencillo reseñar un clásico, pero ¿qué blog de literatura fantástica sería éste sin una reseña del libro que marcó el antes y el después del género? Así que… allá vamos.
Cuenta la historia que Tolkien, después de leer El maravilloso país de los snergs, obra del también británico Edward Wyke-Smith, decidió escribir un libro valiéndose de personajes que apenas superaran el metro de altura, como los propios snergs. Poco después, no se sabe cuándo, escribió la frase “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”, que vendría a ser la primera del libro.
Con el tiempo fue desarrollando la obra con la única intención de que sirviera de entretenimiento a sus hijos. Tolkien era un respetado profesor universitario que ya llevaba años escribiendo El Silmarillion, es por ello probable que no le prestara mucha atención a El hobbit, un libro que estaba pensado para niños. Pero la obra creció y creció, y su autor era muy propenso a prestar lo que escribía a sus conocidos con la finalidad de cosechar opiniones. Así fue como el libro, aún incompleto, fue a parar a las manos de un editor.
En 1937, El hobbit, después de nueve años de proceso, salió a la venta y gustó a chicos y a grandes. Más, incluso, a los últimos que a los primeros, y eso es comprensible, porque su lectura puede resultar un poco pesada en la infancia.
Pero vamos, por fin, a la novela. En un agujero en el suelo, como ya se dijo, vivía Bilbo Bolsón, un pequeño hombrecillo que gustaba de vivir cómodamente, comiendo a las horas que le indicaban la costumbre y el estomago, hasta que un día fue a visitarlo el mago Gandalf, y prácticamente lo amenazó con llevarlo a una gran aventura.
Días después, Gandalf volvió, acompañado de trece enanos, para cumplir la amenaza. La utilidad que podía tener Bilbo era que, siendo aún más pequeño que los enanos, no le sería difícil escabullirse y saquear. De allí que los enanos empezaran a llamarlo saqueador, mote que a él nunca le gustó. Y lo que Bilbo habría de saquear era nada menos que un tesoro del escondite de un dragón, que era también el reino de donde había sido expulsado Thorin, el líder de los enanos.
Bilbo no entendió bien cómo lo convencieron ni cuál seria exactamente su función, pero terminó enrolándose con la cuadrilla de aventureros que partían hacia una misión de la que era difícil, o casi imposible, salir bien librados. Antes de llegar hasta Smaug, el dragón, habrían de vérselas con trolls, trasgos, lobos y arañas gigantes, y Bilbo llevaría siempre la mayor carga. Difícil empresa para un hombrecillo que apenas superaba el metro de altura y que jamás había abandonado su hogar.
La brillantez de El hobbit, a mi entender, no radica propiamente en la gran historia, ni siquiera en la madurez que alcanza Bilbo mientras sobrevive, sino en que Tolkien fue tal vez el primer autor que comprendió que los problemas que surgen de la fantasía se resuelven también con la fantasía, de otra forma sería imposible o, peor aún, absurdo. Y El hobbit, como habrán comprobado sus lectores, es una gran muestra de ello.

lunes, 5 de marzo de 2012

La espada rota, de Poul Anderson

Se dice que desde que Tolkien publicó El Señor de los Anillos en adelante todos los que han escrito novelas fantásticas están influenciados, en mayor o menor medida, por él. Decir tal cosa es aventurarse demasiado aunque no podemos negar lo que significa Tolkien en el género al que hizo grande, pero en muchas obras,  algunas muy buenas, no se ve una pizca de su influencia. 
En 1954, el año en que salió a la luz La Comunidad del Anillo, un joven norteamericano llamado Poul Anderson publicó una novela titulada La espada rota, obra que no pudo haber recibido, por tal razón, influencia alguna de El Señor de los Anillos y que no por eso deja de ser buena. Pero, en honor a la justicia, en esta novela bastante bien escrita y de calidad notable sí puede encontrarse en algunas partes una ligerísima influencia de El hobbit, que ya para entonces llevaba varios años en las librerías.
La espada rota nos ofrece la historia de Skafloc, el ahijado de los elfos, un humano que por obra y gracia de la venganza termina siendo crucial en una milenaria guerra entre elfos y trolls y también objeto que los dioses utilizan para llevar a cabo sus extraños designios. La historia está situada en la época vikinga, en el siglo IX. Anderson, aunque norteamericano, era de ascendencia escandinava y usó la mitología nórdica, la cual conocía muy bien, para enriquecer su novela. 
El día que Skafloc nace no es bautizado de inmediato porque su padre, Orm, un vikingo afincado en Inglaterra que se había convertido al catolicismo sólo por conveniencia, no lleva buenas relaciones con el sacerdote local. Una bruja que odia profundamente a Orm porque mató a su familia, informa de tal hecho a Imric, conde de los elfos de Inglaterra, y éste, queriendo apoderarse de un niño humano por las ventajas que podría traerle, al saber que no está bautizado y que por lo tanto no goza de la protección divina, decide apoderarse de él.
Imric se lleva a Skafloc, pero no queriendo levantar las sospechas de su familia para que no reclamara justicia a su Dios, decide cambiarlo por otro niño idéntico a él. Para ello acude a Gora, su prisionera desde hace nueve siglos y que a su vez es la hija de Illrede, rey de los trolls. Imric y Gora engendran, con total ausencia de romanticismo, a un niño que nace al instante y que llevará el nombre de Valgard.
Skafloc, educado entre los elfos, se transforma en un joven virtuoso, de nobles sentimientos, diestro en el uso de la magia además de guerrero casi invencible. Valgard, su doble, también llega a ser un hombre muy fuerte, experto en matar, pero, al contrario de Skafloc, su maldad no conoce límites.
Cuando inicia la guerra entre elfos y trolls, Skafloc se distingue como uno de los mejores guerreros elfos, y Valgard, después destruir a su familia adoptiva, se presenta ante el rey de los trolls y éste lo reconoce como su nieto y lo integra en su ejército. Así es como aquéllos que son idénticos físicamente sin ser hermanos, se conocen, se odian y se enfrentan a muerte.
Valgard, pese a su maldad y al daño que causa a su paso, es el personaje que más interés despierta en la novela, porque constantemente está cuestionando sus aterradores actos. En algún lugar de su podrido corazón ama a su familia adoptiva y se arrepiente de haberle hecho tanto daño, por ello su mente siempre está en conflicto. Skafloc, por el contrario, pese a ser el protagonista, es el típico héroe bueno sin defectos y lleno de virtudes que ya aburre, aunque, aun así,  héroes como él siguen apareciendo en las nuevas novelas que se publican.
Es lamentable que al autor no se le haya ocurrido un final mejor, más bien elaborado, con más sentimientos encontrados. Tenía todo para darnos un buen final y no se inclinó por la mejor opción, para mi gusto.  Pero viendo lo bueno y lo malo de la novela no puedo menos que decir que vale la pena leerla, siempre y cuando al lector no le desagraden las novelas que retratan el sufrimiento y la crueldad tan propios de la guerra y de tiempos remotos. Los lectores de Crepúsculo probablemente echarían el libro por la ventana para acto seguido meterse debajo de su cama. 

Calificación: buena, regular, mala, infumable. 

jueves, 23 de febrero de 2012

El maravilloso país de los snergs y la propaganda de rebote

En la entrada anterior hablé de la novela El maravilloso país de los snergs, escrita por el británico Edward Wyke-Smith y publicada por primera vez en 1927. La novela  probablemente no habría pasado de una única edición en su idioma original de no haber sido porque otro escritor británico, J. R. R. Tolkien, la leyó a sus hijos y decidió inspirarse en la raza de pequeños seres llamados snergs para crear a los hobbits.
Como consecuencia de lo anterior, la fama mundial que ha cosechado El hobbit siempre beneficia, de rebote, a El maravilloso país de los snergs. Quienes leen la novela de Tolkien, y se interesan por saber más de ella, sin duda no tardan en descubrir que fue inspirada por otra novela y les entran las ganas de leerla. Algo similar me pasó a mí.
Lo anterior no deja de ser interesante  ya que es bien sabido lo difícil que resulta para una editorial promocionar un libro. Algunas que no pueden promocionar demasiado los libros que editan sencillamente no venden o venden bien poco. Pero en el caso de la novela de Wyke-Smith la promoción es gratis y mucha,  y será aún más en cuanto se estrenen las películas de El hobbit, porque sin duda millones de lectores que ignoran la existencia del libro lo leerán entonces y quizás se interesarán por la otra novela que lo inspiró.  
Probablemente El maravilloso país de los snergs sea el único libro que no les cuesta promocionar a sus editores en los diferentes idiomas en que se vende, porque está históricamente ligado a un libro tan grande que le hace el favor de promocionarlo constantemente.
Quienes hayan leído ambos libros sabrán rápidamente que, pese a todo,  no se parecen en absoluto más allá de la similitud en la estatura de los snergs y de los hobbits. La novela de Tolkien es  una obra extraordinaria que sobrepasa al género infantil en el que fue creada, mientras que de la Wyke-Smith es sólo una novela para niños que no llega lejos. Compararlas es imposible.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El hobbit

Esta imagen sencillamente me encanta. Creo que es parte de la propaganda de las películas que veremos de El hobbit en uno y dos años. Como portada del libro de Tolkien habría sido excelente. El que comanda es el inconfundible Gandalf, y seguramente el que va justo detrás de él es Thorin II Escudo de Roble, después vemos a sus doce fieles escuderos y, por último, el pequeño saqueador, Bilbo, cabizbajo y meditabundo, extrañando su cómodo agujero, su té y su comida caliente. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Muchos hemos leído El hobbit, pero muy pocos han leído El hobito

Hace ya algún tiempo comenzó a cobrar notoriedad El hobito, que no es otra cosa más que la primera traducción que se hizo del mundialmente famoso hobbit al español. J. R.R. Tolkien, según se dice, escribió el libro para que únicamente lo leyeran sus hijos, lo que resulta difícil de creer, porque fue a parar a manos de un editor que se interesó en él. El hobbit fue publicado en 1937 en el Reino Unido y pronto encontró cabida en el gusto de los niños, para quienes estaba dirigido, y también en el de los adultos.
Debido a la fama del libro, las editoriales interesadas en traducirlo asomaron por todas partes. En Argentina los derechos para su publicación en español fueron adquiridos por la familia Muchnik, propietaria  de Fabril Editora, y la traducción corrió a cargo de Teresa Sánchez Cuevas. A finales de 1964 salió a la venta El hobito, al parecer causando polémica porque al propio Tolkien no le agradaba la traducción. Pero la cosa no pasó a mayores. El libro sencillamente no tuvo éxito. En esa época Latinoamérica estaba demasiado caliente por los cambios políticos y el medio por el cual éstos se llevaban a cabo como para que los lectores se interesaran por una novela fantástica para niños escrita por un ingles.
Desconozco -y vaya que me gustaría saberlo- de cuántos ejemplares constó la edición, pero lo cierto es que el libro quedó en el olvido. Sería hasta 1982 cuando Minotauro, con traducción de Manuel Figueroa, pondría nuevamente a disposición del público hispano la novela, y entonces sí comenzó el éxito que aún conserva y que sabe Dios cuánto crecerá ahora que vengan las películas. Y esa gran fama que ahora tiene El hobbit en la hispanidad, es la que ha hecho que surja el interés por El hobito, la primera publicación de la cual un ejemplar sería el sueño de cualquier fanático de Tolkien -yo entre ellos- y que ahora se encuentra con unos pocos privilegiados.