Es probable que muchos me entiendan si digo que no es sencillo reseñar un clásico, pero ¿qué blog de literatura fantástica sería éste sin una reseña del libro que marcó el antes y el después del género? Así que… allá vamos.
Cuenta la historia que Tolkien, después de leer El maravilloso país de los snergs, obra del también británico Edward Wyke-Smith, decidió escribir un libro valiéndose de personajes que apenas superaran el metro de altura, como los propios snergs. Poco después, no se sabe cuándo, escribió la frase “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”, que vendría a ser la primera del libro.
Con el tiempo fue desarrollando la obra con la única intención de que sirviera de entretenimiento a sus hijos. Tolkien era un respetado profesor universitario que ya llevaba años escribiendo El Silmarillion, es por ello probable que no le prestara mucha atención a El hobbit, un libro que estaba pensado para niños. Pero la obra creció y creció, y su autor era muy propenso a prestar lo que escribía a sus conocidos con la finalidad de cosechar opiniones. Así fue como el libro, aún incompleto, fue a parar a las manos de un editor.
En 1937, El hobbit, después de nueve años de proceso, salió a la venta y gustó a chicos y a grandes. Más, incluso, a los últimos que a los primeros, y eso es comprensible, porque su lectura puede resultar un poco pesada en la infancia.
Pero vamos, por fin, a la novela. En un agujero en el suelo, como ya se dijo, vivía Bilbo Bolsón, un pequeño hombrecillo que gustaba de vivir cómodamente, comiendo a las horas que le indicaban la costumbre y el estomago, hasta que un día fue a visitarlo el mago Gandalf, y prácticamente lo amenazó con llevarlo a una gran aventura.
Días después, Gandalf volvió, acompañado de trece enanos, para cumplir la amenaza. La utilidad que podía tener Bilbo era que, siendo aún más pequeño que los enanos, no le sería difícil escabullirse y saquear. De allí que los enanos empezaran a llamarlo saqueador, mote que a él nunca le gustó. Y lo que Bilbo habría de saquear era nada menos que un tesoro del escondite de un dragón, que era también el reino de donde había sido expulsado Thorin, el líder de los enanos.
Bilbo no entendió bien cómo lo convencieron ni cuál seria exactamente su función, pero terminó enrolándose con la cuadrilla de aventureros que partían hacia una misión de la que era difícil, o casi imposible, salir bien librados. Antes de llegar hasta Smaug, el dragón, habrían de vérselas con trolls, trasgos, lobos y arañas gigantes, y Bilbo llevaría siempre la mayor carga. Difícil empresa para un hombrecillo que apenas superaba el metro de altura y que jamás había abandonado su hogar.
La brillantez de El hobbit, a mi entender, no radica propiamente en la gran historia, ni siquiera en la madurez que alcanza Bilbo mientras sobrevive, sino en que Tolkien fue tal vez el primer autor que comprendió que los problemas que surgen de la fantasía se resuelven también con la fantasía, de otra forma sería imposible o, peor aún, absurdo. Y El hobbit, como habrán comprobado sus lectores, es una gran muestra de ello.
La brillantez de El hobbit, a mi entender, no radica propiamente en la gran historia, ni siquiera en la madurez que alcanza Bilbo mientras sobrevive, sino en que Tolkien fue tal vez el primer autor que comprendió que los problemas que surgen de la fantasía se resuelven también con la fantasía, de otra forma sería imposible o, peor aún, absurdo. Y El hobbit, como habrán comprobado sus lectores, es una gran muestra de ello.



